Probablemente el novelista más importante e influyente de la literatura francesa, Balzac escribió a lo largo de su corta vida por lo menos noventa y un novelas de diferentes longitudes, sin contar su obra como crítico, dramaturgo y ensayista.

De salud precaria, descuidado consigo mismo y con su salud, fue además un mal administrador, lo cual no le impidió ser editor de sus obras y las de otros autores, pero si lo indujo a una vida de endeudamiento e insolvencia. Tuvo muchos amoríos pero finalmente se casó con la Condesa Hansak el año de su muerte, tras haberla cortejado por diecisiete años.

Personaje excéntrico por su aspecto voluminoso y por sus hábitos (podía encerrarse por días a pan y café hasta terminar una novela), es prácticamente el inventor de la novela moderna. Reunió en una sola e inmensa colección, la Comedia Humana, sus grandes novelas, novelas cortas y ensayos filosóficos, clasificados por sus implicaciones sociales y morales. La Comedia, bautizada así por referencia a la Divina Comedia de Dante, pretendía ser una representación de todos los círculos de la sociedad humana. Aunque se le considera uno de los fundadores del naturalismo por sus novelas de contenido social y psicológico, como Papá Goriot o Eugenia Grandet, abarcó todas las corrientes de su época, incluyendo la novela moral, como El Lirio en el Valle, que influiría notablemente sobre Flaubert, o la literatura fantástica, como La Piel de Zapa, que se anticipa notablemente a El Retrato de Dorian Gray.

Su influencia trasciende los tiempos y llega hasta Proust y el boom latinoamericano. Miguel Ángel Asturias señaló, en alguna oportunidad, que Cien Años de Soledad era un virtual plagio de Lo Absoluto¸ de Balzac.

La estatua de Balzac por Rodin, de manera muy simbólica, se convirtió en el emblema de la escultura moderna.

Es el poeta más representativo del romanticismo francés. Proveniente de la aristocracia menor, católica, del sur de la Borgoña (más o menos la región que linda con la Suiza actual), vivió una vida holgada, aunque con los años tuvo que enfrentar muchas deudas y se dedicó a escribir textos intrascendentes para poder sobrevivir.

La muerte de un primer gran amor de juventud motivó su primera obra importante, las Meditaciones. Casado con una inglesa entró al servicio diplomático, representó a su país en Italia; la madurez de su estilo poético, romántico por excelencia, se revela sobre todo en poemarios como las Nuevas Meditaciones y las Harmonías Poéticas y Religiosas, que inspiraron la obra del mismo título de Franz Liszt y fueron el prototipo de la poesía lírica de la época.

Brillante prosista, dotado de un gran sentido filosófico y contemplativo, casi místico, escribió unos pocos relatos magistrales pero lamentablemente poco recordados en la actualidad, como Graziella, Rafael y El Picapedrero de Saint Point.

Incursionó en política y evolucionó del realismo al republicanismo, pero se retiró a la vida privada con la llegada de Napoleón III al poder.

Su longevidad, su gran productividad poética, su estilo elegante, refinado, elevado, lo hicieron víctima de los poetas malditos que lo consideraron representante del pasado.


La posteridad lo ha rescatado como una de las grandes figuras de la literatura del siglo diecinueve.

Uno de los autores más estudiados de la segunda mitad del siglo diecinueve y el más representativo de las transformaciones sociales y científicas del industrialismo, Zola nació en la Provenza, de padre italiano y madre francesa.

Huérfano de padre, crece en medio de grandes privaciones económicas. Se traslada a París con su madre. Fracasa dos veces en los exámenes de bachillerato y se dedica al periodismo, que ejercerá a lo largo de su vida con pasión, participando en la expansión de una profesión que apenas alcanzará el derecho a la libre expresión en 1868.

Amigo por muchos años de Cézanne, quien se aleja de él por la forma en que se ve retratado en una de sus novelas, cultivó la amistad de los grandes literatos de la época, desde Daudet hasta Turguenev.

Su producción novelística es abundante y se difundió sobre todo por el formato que el periodismo acuñó: las publicaciones por entregas (o, en términos televisivos, “por episodios”). Su obra intenta hacer una representación exhaustiva de la sociedad de su época, y evoluciona del realismo, bajo el signo tardío de Balzac, al naturalismo del cual se le considera el padre. Compenetrado totalmente de las clases sociales a las que se ha visto asociado toda su vida, concibe eventualmente la correlación entre biología y psicología que darán pie al movimiento naturalista, según el cual las causas de la conducta humana tienen que buscarse en su dimensión física, que condiciona la espiritual.

Concibió grandes ciclos, no por adición como en Balzac, sino como resultado de un plan general, de un proyecto. Así, la serie de novelas agrupadas bajo el título de Los Rougon-Macquard, describen la vida de varios personajes de una misma familia a lo largo de varias generaciones; el ciclo de Las Tres Ciudades (Lourdes, Roma, París) analiza la religión al final del siglo; y Los Cuatro Evangelios (Fecundidad, Trabajo, Justicia y Verdad), que quedó inconcluso, pretendían dar rienda suelta a su visión utópica.

Su estilo, coherente con su planteamiento filosófico, es directo, concreto, un creciente esfuerzo por escapar a las disquisiciones místicas y morales del romanticismo, y concentrarse en la representación de lo real y lo objetivo a través de los personajes y sus situaciones.

Republicano por convicción, Zola se opuso al segundo imperio, sufrió exilio por su defensa del famoso caso Dreyfuss, que finalmente ayudó al colapso del gobierno y anticipara el rol del antisemitismo en los conflictos del siglo veinte, y contribuyó a establecer el periodismo como un poder incuestionable.

Junto con Baudelaire, Flaubert es acaso el escritor francés más polémico de la segunda mitad del siglo diecinueve. Influenciado por Balzac, de cuya sombra luchó por desprenderse, amigo de Víctor Hugo y de George Sand, influyó profundamente en Zola y en Maupassant, y ha contado con la admiración de todos los grandes novelistas modernos, incluidos los latinoamericanos que siempre le han rendido tributo (Vargas Llosa, por ejemplo, escribió un largo ensayo sobre él que arroja luces sobre su propio proceso creativo).

Proveniente de Rouen, a donde vuelve reiteradamente, Flaubert vive y escribe en Paris, pero también viaja extensamente por el norte de África donde reencuentra el mundo antiguo.

Su obra se basa en cuatro grandes novelas, escritas pausada, detallada y laboriosamente a lo largo de muchos años. En esto se diferencia de otros contemporáneos, como Balzac o Sand, que producen prolijamente y recurriendo a las publicaciones por entregas.

Flaubert se encuentra en el punto de transición entre la novela psicológica y el realismo. Fascinado por las relaciones entre hombre y mujer, su profundización en la naturaleza humana y el cuidado en la representación y análisis de la realidad, le permiten lo que parece un milagro literario: aparecer como casi independiente de sus temas y sus personajes, someter plenamente el estilo al contenido de la obra, lo que no significa artificio ni formalismo; todo lo contrario, sus novelas tienen puntos de partida objetivos, sus propias experiencias eróticas, su observación del mundo que habita y, en sus obras de reconstrucción histórica, un proceso exhaustivo de investigación.

Su sentido estético las hizo obras de una narrativa lenta, analítica, ajena a la tentación de la acción rápida y a la búsqueda de efectos.

Su primera obra, derivada todavía del romanticismo, La Educación Sentimental, tuvo poco éxito durante su vida; Madame Bovary, acaso la más famosa, fue sometida a juicio por constituir, supuestamente, una afrenta a las buenas costumbres, pero fue absuelta; Salambó, ubicada en la Cartago de la antigüedad es una obra maestra de la reconstrucción histórica; y su novela póstuma, de carácter satírico, Bouvard y Pécouchet, quedó inconclusa a su muerte, lo que no ha sido óbice para su publicación y estudio.

Personaje característico de las inquietudes artísticas, ideológicas y políticas del mundo intelectual español en el paso del siglo diecinueve al veinte, Blasco Ibáñez gozó de una gran popularidad como novelista vivo, actual, intenso en sus retratos históricos y sociales, y sumamente crítico de su época.

Nació en Valencia, de padres aragoneses; estudió derecho; ejerció el periodismo; incursionó en la política como convencido republicano; emigró a París cuando su inquietud intelectual se lo impuso; fue cronista de guerra, viajero, conferencista en ambos lados del Atlántico.

Afín a la novela social y al realismo, sus personajes ponen en evidencia su interés por la psicología. Aunque vive plenamente el momento en que España pierde sus últimas posesiones de ultramar, no encaja en la generación del 98 (y polemiza con Azorín y otros de sus integrantes).

Su producción es extensa pero la novela que lo consagra es Los Cuatro Jinetes del Apocalipsis, escrita a iniciativa del presidente francés, Poincaré, y basada, conceptual si no argumentalmente, en su experiencia como cronista de la primera guerra mundial. La novela plantea probablemente el mejor análisis transcultural de una guerra que marcará el fin de la Europa tradicional, pero es también una profunda representación de las consecuencias de la guerra. Llevada al cine pocos años después (con un remake muy posterior en el que la acción se traslada a la Segunda Guerra Mundial), proyecta al autor rápidamente al público americano. La efectividad con que sus argumentos se trasladan primero al cine mudo y al hablado, testimonian su estrecha relación con la realidad; otras obras suyas se adaptan en los años veinte: Sangre y Arena, Mare Nostrum, Entre Naranjos, Esta Tierra Nuestra, estas dos últimas con Greta Garbo en sus primeras actuaciones.

Sus obras son importantes hitos de la novela española e individualmente constituyen ejemplos de su gran maestría narrativa, de su conocimiento de la época, la sociedad y el mundo que describe y que se eclipsa mientras él lo retrata y analiza con un lenguaje fluido y moderno.

Nacida en Cuba en una época en que la isla era un territorio de ultramar de España, es sin lugar a dudas la escritora más sobresaliente de su época en idioma español. Vivió su infancia y juventud en Cuba, se radicó por muchos años en España, volvió brevemente a la isla y finalmente retornó a la península.

Aunque celebrada desde el inicio por su obra poética, escribe novelas, incluyendo una considerada como la primera en hacer referencia al tema de la abolición de la esclavitud, Sab, que data de 1840 (anterior a La Cabaña del Tío Tom, publicada en 1852 y que curiosamente también procede de pluma femenina, la de Harriet Beecher Stowe), pero es en el teatro donde finalmente alcanza su consagración con una obra, Munio Alfonso, un drama medieval sobre la Reconquista, cuya representación tiene un éxito abrumador. Es, sin embargo, con su gran drama romántico Baltasar, con el que alcanzará trascendencia como la máxima dramaturga del idioma.

Su obra es de carácter romántico, su teatro es sumamente poético y de dimensiones épicas, y de una gran audacia tanto en caracterización de sus personajes como en el rompimiento con los cánones clásicos.

Su vida, como era de esperarse para una mujer de su temple e inquietudes en su época, estuvo llena de frustraciones y conflictos sentimentales. Amores no correspondidos, matrimonios fallidos, pérdida temprana de sus hijos, contrastaban con la adulación que la rodeaba y con sus amistades artísticas e intelectuales. Víctima del machismo histórico, su candidatura a la Academia Española fue rechazada; en contraste, a su retorno a la Habana, fue recibida apoteósicamente. En la última etapa de su vida se recluyó de nuevo en la poesía y en el misticismo.

Valera es una de las personalidades más representativas de la España de la segunda mitad del siglo diecinueve y uno de los hombres más polifacéticos y cultos de su época.

De origen aristócrata, fue siempre moderado e idealista. Estudió filosofía y derecho, ejerció la diplomacia en diversas partes de Europa y América y fue político exitoso. Aunque se le asimila a la generación del 98 y, por su longevidad, vivió entre el romanticismo y el modernismo, su estilo siempre fue personal, dotado de gran carácter individual y de raigambre española, ingenioso y agudo. Su vida amorosa fue intensa, como la intelectual.

Cómodamente jubilado desde temprano pero ciego en su vejez, dedicó la última mitad de su vida exclusivamente a la literatura.

Como era de esperarse, su epistolario es extensísimo y documenta tanto la historia de su país como la historia de la literatura, puesto que es considerado el más grande crítico literario después de Menéndez y Pelayo. Se le debe, además, la presentación de Darío a Europa gracias a su famoso prólogo a Azul… Incursionó en todos los géneros con igual éxito: la poesía, el ensayo, la historia, el teatro y, por supuesto, la novela, de corte característico pero no costumbrista.

Su novela más famosa, Pepita Jiménez, es una de las más acabadas de la narrativa española y ha inspirado todo tipo de manifestaciones derivadas, incluida una ópera de Albéniz. Otras son igualmente celebradas y el tiempo no pasa por ellas: Doña Luz, Juanita la Larga, además de sus novelas cortas y sus cuentos, mantienen acaso más vigencia que su teatro y su poesía.

Uno de los miembros más representativos de la generación del 98, Valle Inclán es una personalidad compleja a tono con los excesos de la bohemia artística de su época y con los vaivenes de los conflictos políticos que le toca vivir. Perteneciente a una aristocracia local venida a menos, estudia derecho en Salamanca, con pocos progresos, encuentra en el periodismo la vía para sus primeros escritos, viaja a México brevemente en su juventud y a Argentina muchos años después. Como consecuencia de una trifulca bohemia le amputan el brazo izquierdo a los treinta y tres años, lo que no altera su estilo de vida, marcado por un aspecto físico siempre peculiar (capa o poncho y una barba larguísima, celebrada por Rubén Darío).

Influenciado significativamente por Gabriel d’Annunzio, se inscribe en el movimiento modernista del cual exhibe todos los rasgos, sobre todo en la reinvención del idioma, en el reencuentro con la literatura fantástica, en ese nacionalismo peculiar de la época que se caracteriza por el culto a lo francés.

Por lo mismo, contribuye a la emergencia del cuento como género literario importante, ejerce la poesía pero, sobre todo, se manifiesta en el teatro en el cual es prolijo.

Es difícil establecer una obra representativa entre toda su producción. Sus cuatro Sonatas evocan, por el título más que por el contenido, a D’Annunzio, pero pocas han ejercido tanta influencia en América Latina como su Tirano Banderas, retrato de un dictador americano sin duda inspirado en su visita a México, que se considera el primer antecedente de El Señor Presidente.

Gómez Carrillo fue uno de los escritores más renombrados de su época, pero pasó rápidamente a un estado de olvido internacional atribuible a varias razones: el hecho de haber pertenecido a un movimiento, el modernista, que había pasado de moda en las primeras décadas del siglo veinte; en el que destacara en el mundo literario francés y español, siendo guatemalteco; y el cuestionamiento creciente que se hizo a su relación con el régimen de Estrada Cabrera, sobre todo a causa de los escritos de Cardoza y Aragón. No menos importante fue el hecho de que cultivó sobre todo un género, el de la crónica periodística, que usualmente no es valorado como mayor en el mundo literario.

De cualquier forma, Gómez Carrillo es un escritor mítico para Guatemala, en el sentido de que ha sido celebrado localmente por una fama internacional del pasado, pero ha sido siempre poco publicado y poco leído. En los últimos años el esfuerzo editorial en su favor ha mejorado.

De ascendencia nicaragüense y francesa, su padre fue uno de los mejores historiadores de su época. Poco disciplinado, trabajó siendo muy joven con Rubén Darío que había fundado en Guatemala un periódico, el Diario de la Tarde, y mantuvo con él una relación de toda la vida. Obtuvo una beca del presidente de turno, Manuel Lisandro Barillas para ir a Europa; viajó a España en 1892 y luego a París y nunca más volvió, pese a lo cual representó al gobierno de su país en varias ocasiones, incluyendo en la recién fundada Corte Internacional de Justicia de la Haya. A cambio, actuó de promotor internacional del gobierno que lo favoreció, el de Estrada Cabrera.

Prosista extraordinario, el gran escritor belga Mauricio Maeterlinck lo bautizó como el “príncipe de los cronistas” y, aunque escribió una gran cantidad de crónicas, sobre todo de viajes, también produjo novelas cortas, traducciones, textos para operetas y prosas de todo tipo. Las recopilaciones de sus crónicas de viaje son verdaderas joyas, no sólo por los lugares que describe (Fez, Tierra Santa, Japón, Grecia) sino por su gran erudición y por un estilo brillante, exuberante, que celebra la riqueza y las posibilidades del idioma. Reseñó también la primera guerra mundial y la revolución bolchevique.

Se relacionó estrechamente con todo el mundo cultural europeo de su época.

La biografía de Irisarri lo hace figurar en la historia de Guatemala como uno de sus ciudadanos más ausentes, lo que no es poco usual para la historia literaria del país.

Su fama procede particularmente de su rol en la historia política de Chile. Nacido en el período colonial, militar de carrera, se casó en 1809 con una chilena y emigró a ese país, en el cual va a residir justo en el inicio de las gestas de independencia. Su participación y su involucramiento lo llevan a ser jefe de Estado interino de Chile en 1814; luego debe exilarse a Europa, regresa para ser canciller del gobierno de O’Higgins, aparece más tarde como embajador en Ecuador, donde negocia un tratado fronterizo que lo obliga a exiliarse nuevamente, primero a Colombia y Venezuela y finalmente a Nueva York.

En 1855, el gobierno de Guatemala lo nombra su embajador plenipotenciario ante Estados Unidos, puesto que desempeña hasta su muerte.

Aunque fue conocido por textos políticos y biográficos, incluido un retrato de Sucre, como escritor suele figurar en los manuales de literatura con una obra que no se ha publicado mucho y que casi ningún guatemalteco ha leído, El Cristiano Errante, Novela que Tiene Mucho de Historia, que data de 1846.

VÍA SIETE tiene una nomenclatura original y sofisticada, para designar a los edificios y casas del conjunto se seleccionaron nombres de autores románticos y modernos.